Sin rumbo
Sin rumbo —¿Me van ustedes a permitir señores, que les dé sencillamente un consejo? —dijo Andrés con un gesto de impaciencia disimulado apenas en la corrección y cultura de sus modales.
—Sà señor, hable, hable don Andrés.
—Déjense de perder su tiempo en Iglesias, y en escuelas; es plata tirada a la calle. Dios no es nadie; la ciencia un cáncer para el alma. Saber es sufrir; ignorar, comer, dormir y no pensar, la solución exacta del problema, la única dicha de vivir. En vez de estar pensando en hacer de cada muchacho un hombre, hagan un bestia… no pueden prestar a la humanidad mayor servicio.
Luego, como aligerado del peso de la carga de bilis que acababa de arrojar, impasible sacó el reloj.
—Las cuatro de la tarde y ocho leguas de camino por delante. ¡Señores, queden ustedes con Dios!
Y salió con todo aplomo, dejando bizco de apampado a su auditorio.