Sin rumbo
Sin rumbo Apenas sus amores, si es que amor podía llamarse su comercio con Donata, bastaban a llenar algunos instantes de su vida.
De vez en cuando iba al rancho, la veía, pasaba una hora con ella si la hallaba sola. Buscaba una excusa y se volvía si daba con el padre, ño Regino, un servidor antiguo de la casa, asistente del padre de Andrés en las patriadas de antaño contra la tiranía, uno de esos paisanos viejos cerrados, de los pocos que aún se encuentran en la pampa y cuyo tipo va perdiéndose a medida que el elemento civilizador la invade.
Había visto niño a Andrés, le llamaba el patrón chico y tenía con él idolatría; era un culto, una pasión.
Donata, por su parte, como esas flores salvajes de campo que dan todo su aroma, sin oponer siquiera a la mano que las arranca la resistencia de espinas que no tienen, en cuerpo y alma se había entregado a su querido.
Huérfana de madre, criada sola al lado de su padre, sin la desenvoltura precoz, sin la ciencia prematura que el roce con las otras lleva en los grandes centros al corazón de la mujer, ignorante de las cosas de la vida, conociendo sólo del amor lo que, en las revelaciones oscuras de su instinto, el espectáculo de la naturaleza le enseñaba, confundía la brama de la bestia con el amor del hombre.
Andrés la buscaba, luego la quería.
