El extranjero
El extranjero Masson dio un salto hacia adelante. Pero el otro árabe se había levantado y se había colocado detrás del que estaba armado. No nos atrevimos a movernos. Retrocedimos lentamente sin dejar de mirarnos y de tenernos a raya con el cuchillo. Cuando vieron que tenían bastante campo huyeron rápidamente mientras nosotros quedamos clavados bajo el sol y Raimundo se apretaba el brazo, que goteaba sangre.
Masson dijo inmediatamente que había un médico que pasaba los domingos en la meseta. Raimundo quiso ir en seguida. Pero cada vez que hablaba, la sangre de la herida le formaba burbujas en la boca. Le sostuvimos y regresamos a la cabañuela lo más pronto posible. Allí Raimundo dijo que las heridas eran superficiales y que podía ir hasta la casa del médico. Se marchó con Masson y me quedé para explicar a las mujeres lo que había ocurrido. La señora de Masson lloraba y María estaba muy pálida. A mí me molestaba darles explicaciones. Acabé por callarme y fumé mirando el mar.