Alicia en el País de las Maravillas

Alicia en el País de las Maravillas

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Miró alrededor, buscando una forma de escapar y preguntándose si podría alejarse sin ser vista, cuando de pronto notó una curiosa aparición en el aire. Al principio se sintió muy extrañada, pero al poco, una vez se hubo fijado mejor, distinguió una sonrisa y se dijo: «Es el Gato de Cheshire. Ahora tendré a alguien con quien hablar».

—¿Cómo te va? —dijo el Gato, apenas hubo suficiente boca para hablar.

Alicia esperó a que aparecieran los ojos y entonces le hizo una señal con la cabeza. «Es inútil hablarle —pensó— mientras no lleguen las orejas, al menos una de ellas.» Un minuto después, apareció la cabeza entera, y entonces soltó a su flamenco y empezó a informarle del juego, muy contenta de tener a alguien que la escuchara. El Gato tal vez consideró que ya quedaba ahora visible una parte sustancial de sí mismo: el hecho es que nada más de él apareció.

—No creo que estén jugando limpio —empezó Alicia, en tono más bien quejoso—: todos discuten de un modo tan terrible que ni siquiera una puede oírse a sí misma… y no parece que se aclaren en cuestión de reglas: al menos, si las hay, nadie las sigue… y no te imaginas qué endemoniados son todos estos objetos vivientes. Por ejemplo, el arco que ahora me toca pasar, ahí va por la otra punta del campo… y te aseguro que ya habría dado un buen golpe al erizo de la Reina, si no se hubiera largado corriendo al ver que se le acercaba el mío.


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