Alicia en el PaĂ­s de las Maravillas

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—Es que no lo puedo recordar —dijo el Sombrerero.

—Debes recordarlo —observó el Rey— o te haré ejecutar.

El infortunado Sombrerero dejó caer la taza de té y el pan con mantequilla y empezó a suplicar de rodillas:

—Soy un pobre hombre, Su Majestad.

—Un orador muy pobre, eso es lo que eres —dijo el Rey.

Un Conejillo de Indias, al oír esto, aplaudió y, al instante, fue sofocado por los ujieres de la sala. (Como es esta una expresión algo difícil de entender, os explicaré cómo lo hicieron. Tenían una gran bolsa de lona, cuya abertura se cerraba con cuerdas: introdujeron de cabeza al Conejillo y luego se sentaron encima.)

«Me gusta haber visto hacer eso —pensó Alicia—. No pocas veces leí en los periódicos que al final del juicio “hubo un conato de aplausos, que fueron inmediatamente sofocados por los ujieres de la sala”, y hasta hoy nunca supe lo que eso significaba.»


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