Alicia en el País de las Maravillas

Alicia en el País de las Maravillas

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—Quisiera acabar el té —dijo el Sombrerero, mirando ansiosamente a la Reina, que seguía leyendo la lista de los cantantes.

—Puedes irte —dijo el Rey, y el Sombrerero se marchó a toda prisa, sin esperar siquiera a ponerse los zapatos.

—Y justo al salir, que le corten la cabeza —añadió la Reina a uno de los ujieres; pero el Sombrerero, antes de que el ujier llegara a la puerta, había desaparecido.

—¡Que comparezca el siguiente testigo! —dijo el Rey.

El siguiente testigo era la cocinera de la Duquesa. Traía en la mano una caja de pimienta y, aun antes de que entrara en la sala, Alicia pudo adivinar quién era por el modo en que la gente de la puerta empezó automáticamente a estornudar.

—Presta declaración —dijo el Rey.

—No quiero —dijo la cocinera.

El Rey miró con aire inquieto al Conejo Blanco, que le dijo en voz baja:

—Su Majestad debe interrogar a este testigo con suma severidad.

—Bueno, el deber es el deber —dijo el Rey con expresión melancólica y, tras cruzarse de brazos y fruncir el ceño a la cocinera, hasta el punto de que casi no se le veían los ojos, preguntó con voz grave:


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