Alicia en el País de las Maravillas

Alicia en el País de las Maravillas

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—Así debe ser —dijo el Rey—, a menos que haya sido escrita a nadie, lo cual, como sabes, no es corriente.

—¿A quién va dirigida? —dijo uno de los jurados.

—No hay dirección alguna —dijo el Conejo Blanco—: en realidad, fuera no pone nada —y desdoblando el papel, añadió—: No es una carta sino, más bien, unos versos.

—¿Escritos a mano por el prisionero? —preguntó otro de los jurados.

—No —dijo el Conejo Blanco—, y eso es lo más raro del asunto.

(Todo el jurado pareció extrañado.)

—Habrá imitado la letra de otro —dijo el Rey —(y el jurado pareció reanimarse).

—Con la venia de Su Majestad —dijo la Sota—, yo no lo escribí, y nadie podrá probar que lo hice: no hay firma al final.

—Si no lo firmaste —dijo el Rey—, el caso es aún más grave. Tu intención debió de ser siniestra; de lo contrario, lo habrías firmado como hace cualquier persona decente.

Un aplauso unánime coronó las palabras del Monarca: era la primera cosa realmente inteligente que había dicho ese día.

—Eso prueba su culpa, claro está —dijo la Reina—. Por tanto, que le corten…


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