Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —¡Eso no prueba nada! —dijo Alicia—. ¡Si ni siquiera saben lo que dicen esos versos!
—Léelos —ordenó el Rey.
El Conejo Blanco se caló los anteojos.
—Con la venia de Su Majestad —preguntó—, ¿por dónde empiezo?
—Comienza por el comienzo —dijo, muy gravemente, el Rey— y sigue hasta que llegues al final; entonces, paras.
Un silencio de muerte reinó en la sala mientras el Conejo Blanco leÃa los siguientes versos:
Me dijeron que habÃas sido de ella
y que de mi persona hablaste a él:
de mà dio ella una opinión muy buena,
pero dijo que yo nadar no sé.
Él les participó que no habÃa ido
yo (sabemos que fue realmente asÃ):
de haber en el asunto persistido
ella, ¿qué habrÃa sido ya de ti?
Di uno a ella, a él le dieron dos,
nos diste tres o no sé cuántos más;
de él a ti, todos volvieron los