Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas (con un abrazo de Alicia).
¡Dios mÃo, qué tonterÃas tan grandes estoy diciendo!
Justo en este momento, su cabeza chocó con el techo de la sala: en efecto, ahora medÃa más de dos metros. Cogió rápidamente la llavecita de oro y corrió hacia la puerta del jardÃn.
¡Pobre Alicia! Lo máximo que podÃa hacer era echarse de lado en el suelo y mirar el jardÃn con un solo ojo; entrar en él era ahora más difÃcil que nunca. Se sentó en el suelo y volvió a llorar.
—¡DeberÃa darte vergüenza! —dijo Alicia—. ¡Una niña tan grande como tú (ahora sà que podÃa decirlo) y ponerse a llorar de este modo! ¡Para inmediatamente!
Pero siguió llorando como si tal cosa, vertiendo litros de lágrimas, hasta que se formó un verdadero charco a su alrededor, de unos diez centÃmetros de profundidad y que cubrÃa la mitad del suelo de la sala.
