Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas Alicia sentÃa verdaderas ganas de ayudar; y como la pobre Lirio, si seguÃa llorando, a punto estaba de que le diera un ataque, cogió sin pensarlo más a la Reina y la trasladó a la mesa junto a la ruidosa hijita.
La Reina se sentó al fin, muy sofocada. El súbito viaje por los aires le habÃa cortado el aliento y, durante uno o dos minutos, no pudo sino estrechar en silencio, entre sus brazos, a la pobre Lirio. Una vez que hubo recuperado el habla, gritó al Rey Blanco que, muy enfurruñado, estaba sentado entre las cenizas.
—¡Ojo con el volcán!
—¿Qué volcán? —dijo el Rey, mirando con angustia hacia el fuego, como si pensara que este era su emplazamiento más lógico.
—Me-lanzó-por-los-aires —jadeó la Reina, que aún no habÃa recobrado totalmente el aliento—. ¡Cuidado al subir… del modo normal… sin volar por los aires!
Alicia observó cómo el Rey Blanco trepaba de barra en barra, muy lentamente, y al fin le dijo:
—Pero a este paso vas a tardar horas y horas para llegar a la mesa. ¿No será mejor que te ayude un poco?
El Rey no hizo el menor caso a la pregunta: era evidente que no podÃa ver ni oÃr a la muchacha.