Alicia en el País de las Maravillas

Alicia en el País de las Maravillas

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Alicia, entonces, lo cogió con mucha delicadeza y, a fin de no cortarle el aliento, lo trasladó más despacio de lo que había hecho con la Reina; pero antes de depositarlo sobre la mesa, pensó que sería bueno de paso quitarle un poco el polvo, ya que estaba realmente cubierto de cenizas.

Alicia, más tarde, contó que en su vida había visto una cara como la que había puesto el Rey cuando se vio suspendido en el aire y desempolvado por una mano invisible: estaba tan atónito que ni podía gritar, pero la boca y los ojos se le volvían cada vez más grandes y redondos, hasta el punto que a Alicia, de tanta risa, le temblaba la mano y por poco se le cae al suelo.

—¡Ay, por favor, no pongas esa cara! —gritó ella, casi olvidándose de que el Rey no podía oírla—. ¡Me haces reír tanto que casi no te puedo sostener! ¡Y no te quedes así, con la boca abierta, que se te va a llenar de ceniza! ¡Ea, creo que ahora estás ya un poco más limpio! —añadió mientras le alisaba el pelo y lo depositaba en la mesa, al lado de la Reina.

El Rey cayó fulminado de espaldas y se quedó perfectamente inmóvil. Alicia, alarmada de lo que había hecho, miró si había un poco de agua en el cuarto con que rociarle la cara. Pero lo único que pudo encontrar fue un frasco de tinta. Cargó con ella y, al volver, vio que el Rey ya se había recobrado algo, lo suficiente para poder comunicar a la Reina su terror, aunque con voz tan apagada que Alicia apenas pudo distinguir lo que decía.


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