Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas Por tanto, volvió decididamente la espalda a la casa y, una vez más, se alejó por el camino, resuelta a seguir andando hasta llegar a la colina. Por unos minutos todo iba bien y, justo estaba diciéndose «esta vez sà que lo logro», cuando, bruscamente, el camino se torció con una sacudida (asà fue como lo describirÃa más tarde Alicia) y, al momento siguiente, vio que estaba a punto de pisar el umbral.
—¡Qué rabia! —exclamó—. ¡Nunca he visto una casa que se interponga tanto en el camino de una! ¡Nunca!
Sin embargo, la colina estaba ahÃ, bien visible, y no cabÃa sino reemprender la marcha. Esta vez ascendió por un gran macizo de flores, bordeado de margaritas, con un castaño plantado en el centro.
—¡Oh, Tigridia! —dijo Alicia, dirigiéndose a una que la brisa iba meciendo dulcemente—. ¡Si tú pudieses hablar…!