Alicia en el PaĂs de las Maravillas
Alicia en el PaĂs de las Maravillas —Nuestras reglas de urbanidad no nos permiten, ya sabes, intervenir las primeras —dijo la Rosa— y me preguntaba cuándo empezarĂas tĂş. Me decĂa: «Su aspecto es de persona más bien sensata, aunque no muy inteligente». De todas formas, tienes el color que más te corresponde y eso es lo importante.
—¡QuĂ© me importa a mĂ su color! —observĂł la Tigridia—. Si tuviera los pĂ©talos algo más ondulados, serĂa perfecta.
Alicia, un poco harta de estas crĂticas, se puso a hacer preguntas:
—¿No os da miedo a veces estar aquà plantadas sin nadie que os proteja?
—Hay un árbol en el medio —dijo la Rosa—. ¿Para qué está ahà si no?
—Pero ¿qué puede hacer un árbol en caso de peligro?
—En su caso, dar como fruto castañas —dijo la Rosa.
—SĂ, reparte castañas a boleo —dijo una Margarita—. ¡Por eso lo llaman castaño!
—¿No sabĂas tĂş eso? —exclamĂł otra Margarita. Y todas se pusieron a chillar a la vez, hasta el punto de que el aire se poblĂł de vocecitas agudas.
—¡A callar todas! —gritĂł la Tigridia, meciĂ©ndose apasionadamente de un lado a otro y temblando de cĂłlera—. ¡Porque saben que no puedo atraparlas! —exclamĂł jadeante, inclinando hacia Alicia su temblorosa cabeza—, ¡de lo contrario, no se atreverĂan!