Alicia en el País de las Maravillas

Alicia en el País de las Maravillas

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—¡Déjalas! —dijo Alicia en tono conciliador y, dirigiéndose a las margaritas, que otra vez se ponían a chillar, les susurró—: Si ahora mismo no cerráis el pico, ¡os arranco a todas!

Al momento hubo silencio y varias margaritas rosa palidecieron.

—¡Así me gusta! —dijo la Tigridia—. Las margaritas son las peores. Habla una y todas se ponen a chillar; y el simple hecho de oírlas hace marchitar a cualquiera.

—¿Cómo es que sabéis hablar todas tan bien? —preguntó Alicia, con vistas a ponerla de buen humor con un cumplido—. He estado en muchos jardines, pero ninguno en el que las flores supieran hablar.

—Baja la mano y palpa la tierra —dijo la Tigridia—. Entonces sabrás por qué.

Así lo hizo Alicia.

—Es muy dura —dijo—. Pero no veo la relación.

—En la mayor parte de los jardines —dijo la Tigridia— el lecho es tan blando que las flores están siempre adormecidas.

La razón parecía excelente y a Alicia le complació mucho saberla.

—¡Nunca lo habría imaginado! —dijo.

—En mi opinión, tú nunca imaginas nada —dijo severamente la Rosa.


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