Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —Nunca habÃa visto a nadie con un aire tan estúpido —dijo inesperadamente una Violeta que hasta entonces no habÃa abierto la boca; y Alicia se sobresaltó.
—¡Cierra la boca! —le gritó la Tigridia—. ¡Como si tú hubieras visto alguna vez a nadie! Con la cabeza oculta entre las hojas, ¡te pasas la vida roncando y sabes menos de lo que ocurre en el mundo que si fueras un simple capullo!
—¿Hay, aparte de mÃ, alguna otra persona en el jardÃn? —preguntó Alicia, que prefirió no darse por aludida respecto a la observación de la Rosa.
—En el jardÃn hay otra flor que puede desplazarse como tú —dijo la Rosa—. Me pregunto cómo puedes hacerlo —(«siempre estás preguntándote cosas», comentó la Tigridia)—; pero es más frondosa que tú.
—¿Se parece a mÃ? —preguntó con impaciencia Alicia, pues la idea de «hay otra niña, en alguna parte del jardÃn» cruzó su mente.
—Bueno, tiene por lo menos el mismo tipo desmañado —dijo la Rosa—; pero es más roja que tú y creo que tiene más cortos los pétalos.
—Los tiene recogidos, como la Dalia —dijo la Tigridia—, y no asÃ, caÃdos, como los tuyos.
—Pero eso no es culpa tuya —añadió amablemente la Rosa—. Se nota que te estás marchitando: una entonces no puede evitar que se le desordenen un poquitÃn los pétalos.