Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas La idea no le hacÃa ninguna gracia a Alicia y, para cambiar de tema, preguntó:
—¿Viene alguna vez por aqu�
—Quizá la veas pronto —dijo la Rosa—; es de esas que tienen nueve pinchos, ya sabes.
—¿Dónde los lleva? —preguntó Alicia con curiosidad.
—¡Dónde va a ser! Alrededor de la cabeza —replicó la Rosa—. Me preguntaba si no tendrÃas algunos pinchos tú también. Pensé que esta serÃa la regla general.
—¡Ya viene! —gritó una Espuela de Caballero—. Oigo sus pasos, zris-zrasc, por la gravilla del sendero.
Alicia miró a su alrededor con impaciencia y vio que se trataba de la Reina Roja.
—¡Sà que ha crecido! —fue su primera observación. Pues, en efecto, cuando la conoció entre las cenizas, no sobrepasaba los siete centÃmetros… y ahora ¡era incluso media cabeza más alta que la propia Alicia!
—Es por el aire fresco que aquà sopla —dijo la Rosa—, por este maravilloso aire.
—Creo que voy a saludarla —dijo Alicia, pues, por interesantes que fuesen las flores, le resultaba aún más atractiva la idea de mantener una conversación con una verdadera reina.
—Asà no lo conseguirás —dijo la Rosa—. Te aconsejarÃa que caminases en dirección contraria.