Alicia en el País de las Maravillas

Alicia en el País de las Maravillas

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Sin embargo, aquello era lo más opuesto a una abeja normal: de hecho —como pronto averiguó Alicia, aunque la simple idea al principio casi le cortase la respiración—, era un elefante. «¡Y qué enormes deben de ser esas flores!», fue lo que después se le ocurrió. «Algo así como pabellones sin techumbre sostenidos por tallos… ¡Qué cantidades de miel producirán! Creo que voy a bajar y… no, aún no», añadió, como frenándose, en el preciso instante en que se disponía a correr cuesta abajo, tratando de hallar alguna excusa convincente a su repentino temor. «Sería imprudente bajar desprovista de una buena rama grande para apartarlos… ¡Y qué divertido cuando me pregunten qué tal el paseo y les conteste: “Oh, sí, excelente —(al decir esto, hizo uno de sus ademanes favoritos)—; solo que hacía calor y había mucho polvo y los elefantes eran tan fastidiosos…”!»

«Creo que voy a bajar por el otro lado —decidió Alicia, tras una pausa—. Puedo dejar para más tarde la visita a los elefantes. Además, ¡tengo tantas ganas de llegar a la tercera casilla!»

Con esta excusa, pues, se puso a correr colina abajo y, de un salto, cruzó el primero de los seis riachuelos.


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