Alicia en el País de las Maravillas

Alicia en el País de las Maravillas

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—Y sin embargo —continuó el Mosquito, como sin darle importancia—, ¡piensa qué cómodo sería para ti volver sin nombre a casa! Por ejemplo, cuando la institutriz te llamara para preguntarte la lección, solo podría decir «Ven aquí…», pues se quedaría cortada al no saber cómo llamarte, y entonces, naturalmente, tú no tendrías ni que molestarte en acudir.

—Esto, estoy segura, no serviría de nada —dijo Alicia—: la institutriz no me iba a perdonar la lección por una cosa así. Si no recordara mi nombre me gritaría: «Señorita», como hace el servicio, o simplemente «Chica»…

—Bueno —observó el Mosquito—, si te dijera «Chica», tú, a la chita callando, te quedarías sin clase. Es un Juego de palabras. ¡Y ojalá fuera tuyo!

—¿Por qué ojalá fuera mío? Es un juego de palabras muy malo.

Pero el Mosquito se limitó a exhalar un profundo suspiro mientras dos gruesas lágrimas corrían por sus mejillas.

—No deberías hacer chistes —dijo Alicia— si te ponen tan triste.

Se oyó entonces un melancólico e imperceptible suspiro; esta vez era como si el propio Mosquito se hubiera desvanecido en el aire con el suspiro, pues, cuando Alicia miró hacia arriba, no vio nada en la rama. Y como la muchacha, de tanto estar sentada, empezaba a coger frío, se levantó y echó de nuevo a andar.


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