Alicia en el País de las Maravillas

Alicia en el País de las Maravillas

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y tal terror les causó

que renunciaron al duelo.

—Ya sé lo que estás pensando —dijo Tweedledum—, pero no es eso, de ningún modo.

—Si, por el contrario, lo fuera —prosiguió Tweedledee—, así sería, y no sería si no lo fuera; pero no lo es, simplemente, porque no lo es. Pura lógica.

—Estaba pensando —dijo Alicia en tono muy educado— cuál sería el mejor camino para salir de este bosque: ¡se está poniendo tan oscuro…! Por favor, ¿podríais indicármelo?

Pero, por toda respuesta, los dos tipos regordetes se intercambiaron una mirada irónica.

Eran tan parecidos a dos colegiales grandullones que Alicia no pudo más y señaló, con aires de profesora, a Tweedledum, diciéndole:

—¡A ver, tú el primero!

—¡De ningún modo! —exclamó Tweedledum y, bruscamente, cerró con un chasquido la boca.

—¡El siguiente! —dijo Alicia, pasando a Tweedledee, aunque presentía que este no diría otra cosa que «¡al contrario!», como así fue.


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