Alicia en el País de las Maravillas

Alicia en el País de las Maravillas

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—En todo caso, es mejor salir ya de este bosque, porque se está poniendo muy oscuro. ¿Creéis que va a llover?

Tweedledum desplegó para él y su hermano un gran paraguas y echó un vistazo arriba, en su interior.

—No, no creo —dijo—, al menos aquí dentro, no. De ningún modo.

—Pero ¿afuera lloverá?

—Puede llover… si quiere llover —dijo Tweedledee—. Nosotros no tenemos ningún inconveniente. Al contrario.

«¡Qué egoístas!», pensó Alicia, y a punto estaba de dejarlos con un seco «buenas noches», cuando Tweedledum, de un salto, salió de debajo del paraguas y la agarró por la muñeca.

—¿Ves eso? —dijo con voz ahogada por la ira. Por momentos, sus ojos se le volvían amarillos y dilatados, mientras, con el dedo tembloroso, señalaba una cosita blanca al pie del árbol.

—No es más que un cascabel —dijo Alicia tras un minucioso examen de ese pequeño objeto—. Pero no una serpiente de cascabel —se apresuró a añadir, temiendo que Tweedledum se alarmara—, sino un simple cascabel, por cierto bastante viejo y roto.


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