Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —¡Lo sabÃa! ¡Lo sabÃa! —gritó violentamente Tweedledum, poniéndose a patalear y a arrancarse el pelo—. ¡Claro que está estropeado! —Y miró a Tweedledee, el cual se sentó inmediatamente en el suelo y trató de ocultarse bajo el paraguas.
Alicia lo tomó del brazo y, en un tono conciliador, le dijo:
—No te pongas asà por un viejo sonajero.
—¡Pero si no es viejo! —gritó, aún más furioso, Tweedledum—. Es nuevo, te lo digo yo… Lo compré ayer… ¡Mi bonito SONAJERO NUEVO! —Y su voz se convirtió en un auténtico alarido.
Tweedledee, todo este tiempo, habÃa estado intentando cerrar el paraguas, metiéndose él dentro, y hasta tal punto esto atrajo la atención de Alicia que, por un momento, la desvió y distrajo de su enfurecido hermano. Pero no logró plenamente su intento y al fin rodó por el suelo, enrollado en el paraguas, sin asomar más que la cabeza; y asà se quedó, abriendo y cerrando alternativamente ojos y boca, «con más aspecto de pescado que de ninguna otra cosa», pensó Alicia.
—No cabe duda de que se impone un duelo, ¿estás de acuerdo? —dijo con tono más tranquilo Tweedledum.
—Supongo que sà —replicó de mal humor el otro, mientras a gatas iba saliendo del paraguas—, pero recuerda que ella nos tendrá que ayudar a vestir.