Alicia en el País de las Maravillas

Alicia en el País de las Maravillas

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Miró a la Reina; parecía, de pronto, toda cubierta de lana. Alicia se estregó los ojos y volvió a mirar. No lograba explicarse lo que había ocurrido. ¿Estaba en una tienda? ¿Y no era realmente…, sí, una oveja, la que estaba detrás del mostrador? Tenía que aceptar lo que veía con sus propios ojos, por más que se los estregara: se vio en el interior de una tiendecilla oscura, con los codos apoyados sobre el mostrador, y tenía delante a una oveja anciana que hacía punto, sentada en una butaca, y que se interrumpía de vez en cuando para mirarla a través de unos enormes anteojos.

—¿Qué quieres comprar? —le preguntó al fin la oveja, levantando la vista de su labor.

—Aún no estoy del todo decidida —dijo, muy cortésmente, Alicia—. Primero me gustaría echar un vistazo alrededor, si me lo permite.

—Puedes, si quieres, mirar al frente y a ambos lados —dijo la oveja—, pero no todo alrededor, salvo que tengas ojos en la nuca.

Y así era: Alicia no los tenía y se tuvo que contentar con volver la cabeza e ir examinando los anaqueles de la tienda a medida que se acercaba a ellos.

La tienda parecía abarrotada de los objetos más curiosos…, pero lo raro era que, cuando se detenía ante un anaquel determinado para ver con detalle lo que contenía, resultaba que ese anaquel, precisamente, estaba siempre vacío, mientras que los más próximos estaban hasta los topes.


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