Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —¡Ejem! —carraspeó el Ratón con aires de importancia—, ¿Estáis preparados? Esta es la historia más árida y por tanto más seca que conozco. ¡Silencio todos, por favor! «Guillermo el Conquistador, cuya causa era apoyada por el Papa, fue aceptado muy pronto por los ingleses, que necesitaban un jefe y estaban hace tiempo acostumbrados a usurpaciones y conquistas. Edwindo Y Morcaro, duques de Mercia y NorthumbrÃa…»
—¡Uf! —graznó el Loro, con un escalofrÃo.
—Con perdón —dijo el Ratón, frunciendo el ceño, pero con mucha cortesÃa—. ¿DecÃa usted algo?
—¡Yo no! —se apresuró a responder el Loro.
—Pues me lo habÃa parecido —dijo el Ratón—. Continúo. «Edwindo y Morcaro, duques de Mercia y NorthumbrÃa, se pusieron a su favor, e incluso Stigandio, el patriótico arzobispo de Canterbury, lo encontró conveniente…»
—¿Encontró qué? —preguntó el Pato.
—Encontrólo —repuso el Ratón un poco enfadado—. Desde luego, usted sabe lo que quiere decir.
—¡Claro que sé lo que quiere decir! —refunfuñó el Pato—. Cuando yo encuentro algo es casi siempre una rana o un gusano. Lo que quiero saber es qué fue lo que encontró el arzobispo.
El Ratón hizo como si no hubiera oÃdo esta pregunta y se apresuró a continuar con su historia: