Alicia en el País de las Maravillas

Alicia en el País de las Maravillas

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Fue entonces cuando su cabeza chocó contra el techo de la sala: de hecho ahora tenía algo más de dos metros y medio de altura; cogió al instante la llavecita y se precipitó hacia la puerta del jardín.

¡Pobre Alicia! Apenas si, tumbada de costado, podía mirar el jardín con un solo ojo; pero acceder a él era más que imposible: se sentó y otra vez irrumpió en llanto.

«¡Vergüenza debería darte llorar de esta manera! —se dijo Alicia—. ¡Una niña tan grande!» (Bien podía hablar así.) «¡Basta ya, te lo ordeno!» Pero siguió llorando litros y litros de lágrimas, como si nada, hasta formar alrededor un gran charco de unos diez centímetros de profundidad, que cubrió la mitad de la habitación.

Al cabo de un rato, oyó a distancia un leve sonar de pasos, y se secó rápidamente los ojos para ver quién venía. Era el Conejo Blanco, que regresaba muy elegantemente vestido, con un par de guantes blancos de cabritilla en una mano y un gran abanico en la otra. Venía dando apurados saltitos y murmuraba para sí: «¡Ay, la Duquesa, la Duquesa! ¡Qué furiosa se va a poner si la hago esperar!». Alicia se sentía tan desesperada que estaba decidida a pedir ayuda a cualquiera que fuese; así que, cuando el conejo estuvo cerca, empezó a decirle con voz tímida y baja:


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