Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —No veo por qué me has de decir «por favor» a propósito de los juncos —dijo la oveja sin levantar la vista de su labor—. Ni los puse yo ni me los voy a llevar.
—No, claro; yo querÃa decir: por favor, ¿podemos parar la barca y recoger unos cuantos? —explicó en tono suplicante Alicia—. ¿PodrÃa parar la barca solo un ratito?
—¿Cómo voy yo a parar la barca? —dijo la oveja—. Si dejas de remar, se parará por sà sola.
Alicia dejó que la barca siguiera rÃo abajo el curso de la corriente, hasta que al fin se deslizó indolentemente entre los juncos mecidos por el viento. Entonces se arremangó con mucho cuidado y sumergió hasta el codo los bracitos en el agua, para agarrar los juncos, lo más abajo posible, antes de arrancarlos…, y por un rato Alicia se olvidó de todo, de la oveja y del punto, mientras se inclinaba por la borda, las puntas de su pelo revuelto sumergidas en el agua… y con los ojos brillantes de avidez, iba recogiendo, manojo tras manojo, los deliciosos juncos perfumados.
«¡Lo único que espero es que no se me vuelque ahora la barca! —pensó Alicia—. ¡Oh, qué bonito es aquel! Lástima que no pude alcanzarlo.» Y era un poco irritante («ni que me lo hicieran adrede», pensó) el ver que aunque lograba arrancar, al paso de la barca, algunos de los más preciosos juncos, siempre habÃa uno, el más apetecido, que se le resistÃa.