Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —¡Los más hermosos están siempre demasiado distantes! —dijo finalmente con un suspiro, al ver que aquellos juncos se obstinaban en crecer tan lejos de ella. Luego, con las mejillas arreboladas y el pelo y las manos goteantes, se reincorporó a su banqueta y se puso a ordenar los tesoros que acababa de reunir.
¿Qué le importaba entonces que los juncos, desde el instante mismo en que los habÃa arrancado, empezaran a ajarse y a perder parte de su aroma y su belleza? SÃ, ¡ya se sabe!, hasta los juncos realmente olorosos duran tan poco… estos, que eran juncos de sueño… amontonados como estaban a sus pies, no podÃan sino fundirse como la nieve al contacto de los rayos del sol; pero esto Alicia apenas lo advirtió, pues habÃa demasiadas cosas que de momento requerÃan su atención…
No habÃan avanzado mucho cuando uno de los remos se quedó fijo sin querer soltarse (asà fue, al menos, como Alicia lo explicó después). El resultado fue que el puño del remo la golpeó bajo el mentón y, pese a la serie de pequeños y agudos «ay, ay, ay» que dio la pobre Alicia, se vio arrojada de la banqueta, entre los manojos de juncos.
Sin embargo, no se hizo ningún daño y se reincorporó casi enseguida: la oveja habÃa seguido haciendo punto todo este tiempo, como si nada hubiera pasado.
—¡Era bonito el cangrejo que pescaste! —observó mientras Alicia, alegre al verse a salvo en la barca, volvÃa a sentarse.