Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —¡Otro sándwich! —dijo el Monarca.
—Ahora no me queda más que heno —dijo el mensajero tras revisar el interior del bolso.
—Pues heno, entonces —murmuró, con voz apagada, el Rey.
Alicia se alegró mucho al ver que el heno lo iba reanimando.
—No hay nada como el heno cuando siente uno un desmayo —observó el Rey mientras mascaba su alimento.
—Yo pensaba que era mejor, en tales casos, un poco de agua frÃa —sugirió Alicia—, o quizá sales volátiles.
—Yo no dije que no hubiera nada mejor, sino nada como… —replicó el Rey. Constatación que Alicia no se atrevió a contradecir.
»Dime una cosa: ¿a quién adelantaste en el camino? —prosiguió el Rey, tendiendo la mano al mensajero para que le siguiera dando heno.
—A nadie —dijo el mensajero.
—Exacto —dijo el Rey—: esta jovencita lo vio también. Nadie, pues, camina más lento que tú.
—Todo lo contrario —repuso de mal humor el mensajero—. ¿Quién va más deprisa que yo? Nadie, estoy seguro.
—No puede ser —dijo el Rey—: en tal caso, habrÃa llegado antes que tú. Pero ahora que has recobrado el aliento, dinos qué ha pasado en la ciudad.