Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —Pero engreimiento no es ninguna enfermedad —observó la muchacha.
—Claro que lo es —dijo la Avispa—. Espera a tenerlo y verás. Si lo pescas, envuélvete la cara con un pañuelo amarillo. ¡Pruébalo y en un santiamén te curarás!
Mientras hablaba, se desató el pañuelo y Alicia descubrió con gran sorpresa su peluca. Era de un amarillo brillante, al igual que el pañuelo, y estaba toda enmarañada y revuelta como un manojo de algas marinas.
—Si usted tuviera simplemente un peine —dijo—, su peluca quedarÃa lo que se dice de mieles. Como el pelo de una…
—¿Quién, tú? ¿Tú eres abeja? —Y al decir esto, empezó a observarla con mucha más curiosidad—. ¡Claro, ya lo veo! Y tu pelo es un panal: ¿mucha miel?
—No es eso —se apresuró a explicar Alicia—. QuerÃa decir que si se peinase, su peluca le quedarÃa mucho mejor… Porque la tiene muy enredada, ¿sabe?
—Te diré por qué tuve que usarla —dijo la Avispa—. Has de saber que, de joven, mis bellos rizos…
Alicia tuvo entonces una curiosa idea. Casi toda la gente que habÃa conocido aquel dÃa le recitaba poemas y asà se le ocurrió pensar si no podrÃa hacer la Avispa otro tanto.
—¿No le importarÃa contármelo en verso? —le preguntó muy cortésmente.