Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —Se lo agradezco —susurró Alicia—, pero puedo prescindir de su apoyo.
—Eso sà que no —dijo, muy decidida, la Reina Roja, por lo que Alicia se vio obligada a acceder a la propuesta.
(¡Y qué manera de apretujarme! —le dirÃa luego a su hermana, al contarle el episodio de la fiesta—. ¡Cualquiera pensarÃa que querÃan exprimirme como un limón!)
De hecho, mientras pronunciaba su discurso, a duras penas pudo aguantarse en su sitio: las dos Reinas, cada cual por su lado, la apretujaban de tal modo que casi la levantaban en volandas.
—Me alzo para dar las gracias… —Y, en efecto, asà era: unas cuantas pulgadas; pero se cogió al borde de la mesa y logró retomar contacto con el suelo.
—¡Ten cuidado! —gritó la Reina Blanca, asiéndola del pelo con ambas manos—. ¡Que está a punto de ocurrir algo!