Alicia en el País de las Maravillas

Alicia en el País de las Maravillas

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Y entonces (como más tarde contaría Alicia), en un instante ocurrió todo tipo de cosas. Las velas crecieron hasta el techo y parecían un macizo de juncos coronados por fuegos artificiales. En cuanto a las botellas, cada una se hizo con un par de platos, que se los ajustó improvisadamente a modo de alas; y así, luego, con tenedores que les servían de patas, revoloteaban en todas direcciones: «Igual que si fuesen pájaros», pensó Alicia, en la medida en que se lo permitía la terrible confusión reinante.

En aquel momento, oyó al lado una risa cascada y se volvió para ver qué le pasaba a la Reina Blanca; pero ahí, en lugar de la Reina, vio sentada a la pierna de cordero. «¡Aquí estoy!», gritó una voz que venía de la sopera y, al volverse otra vez, Alicia divisó la cara grande y bonachona de la Reina, que por un instante sonreía desde el borde del recipiente, antes de hundirse y desaparecer en la sopa.

No había ni un momento que perder. Había invitados tendidos en las fuentes y el cucharón avanzaba por la mesa en dirección a la silla de Alicia, conminándola con gesto impaciente a que le dejase libre el paso.

—¡Ya no lo resisto más! —gritó Alicia y, dando un salto, agarró con ambas manos el mantel y dio un fuerte tirón: platos, fuentes, invitados y velas cayeron todos revueltos con gran estrépito al suelo.


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