Alicia en el País de las Maravillas

Alicia en el País de las Maravillas

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¡Sírvelo ya! Es hora de la cena.

La fuente está en la mesa, sin problema.

¡Quita la tapa a la fuente y al pez!

¡Ah, eso sí que no sé si yo podré!

Si el pez está y no está en el mar arisco

y sobrevive en perpetuo ostracismo,

descubre de una vez, casi es lo mismo,

este incógnito pez y el acertijo.

—Piénsalo durante un minuto y adivínalo —dijo la Reina Roja—. Entretanto, brindemos a tu salud… ¡A la salud de la Reina Alicia! —chilló a pleno pulmón y todos los invitados empezaron enseguida a beber de la manera más extraña: unos se pusieron las copas al revés, a modo de apagadores, sobre la cabeza, y bebieron todo el líquido que les iba chorreando por la cara…; otros volcaron las jarras y sorbían el vino que corría por los costados de la mesa… y hubo tres que se metieron en la fuente del asado y lamían ávidamente la salsa «igual que cerdos en una pocilga», pensó Alicia.

—Ahora te toca dar las gracias con un bello discurso —dijo, frunciendo el ceño, la Reina Roja.

—Nuestra misión es apoyarte, tú lo sabes —murmuró la Reina Blanca, mientras Alicia, un poco asustada, se levantaba dócilmente.


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