Alicia en el País de las Maravillas
Alicia en el País de las Maravillas Pero el valle se hacía cada vez más estrecho,
y oscureció, y el aire, más gélido y más lóbrego,
hasta que (por los nervios, no por común acuerdo)
se pusieron a andar los dos, hombro con hombro.
Un estridente grito hizo vibrar el cielo:
palideció el Castor de la cabeza al rabo
e incluso el Carnicero se sintió un poco raro,
pues ambos comprendieron que el peligro era cierto.
Evocó el Carnicero su niñez muy lejana,
un estado distinto, inocente y feliz:
el sonido tan nítido le hacía revivir
aquel rechinamiento de tiza en la pizarra.
«¡Es la voz del Jubjub!», de repente exclamó
aquel que de «Zopenco» solían motejar,
y añadió con orgullo: «Ya expresé mi opinión
una vez, que diría, muy bien, el Capitán.
»¡El canto del Jubjub! Id contando, os lo ruego:
con esta observaréis que os lo he dicho dos veces.
¡La canción del Jubjub! La prueba es concluyente,