Alicia en el País de las Maravillas
Alicia en el País de las Maravillas Se levantó. El silencio era tan sepulcral
que se hubiera escuchado el caer de una hoja.
«He aquí la sentencia: ¡destierro de por vida!
Cuarenta libras luego le tocará pagar.»
El Jurado aplaudió; el Juez solo temía
que la frase no fuera propiamente legal.
Mas pronto el carcelero mitigó su contento
cuando les informó, presa de intenso llanto,
que una sentencia así carecería de efecto
ya que el cerdo había muerto hace ya muchos años.
El Juez, muy enojado, se fue del Tribunal;
el Snark, por su parte, no poco consternado,
siguió hasta el fin gritando, como es habitual
en quien de la defensa recibiera el encargo.
Así soñó el Letrado, y así, mientras soñaba,
los gritos le llegaban poco a poco más nítidos,
hasta que oyó el furioso sonar de la campana
que el Capitán tocaba en sus mismos oídos.