Alicia en el País de las Maravillas

Alicia en el País de las Maravillas

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Ni siquiera de una persona tan cortés como el editor de The Theatre puedo pretender que se me conceda la mitad del espacio que necesitaría (eso suponiendo que lo resistiera la paciencia del lector) para analizar una por una a todas mis marionetas. Permitidme que elija, de ambos libros, un trío real: la Reina de Corazones, la Reina Roja y la Reina Blanca. Es imposible pretender que mi Musa cante las excelencias de las tres Reinas y que trace sus respectivos rasgos personales en tan reducido espacio. Por supuesto, cada una había de conservar, a través de todas sus excentricidades, cierta dignidad real. Eso era esencial. Y, en cuanto a rasgos distintivos, me imaginé a la Reina de Corazones como la personificación de la cólera ingobernable —una Furia ciega y sin objeto—. También imaginé a la Reina Roja como una Furia, pero de otra índole: su cólera debía ser fría y sosegada, puntillosa y rígida, pero no cruel; pedante hasta el extremo, ¡el prototipo de las institutrices! Por último, la Reina Blanca le ofrecía a mi ensoñadora imaginación como mansa, estúpida, gruesa y pálida; indefensa como un niño; con la apariencia de una persona lenta, divagadora, embobada, rasgos que sugieren imbecilidad pero sin permitir que cayera por entero en tal categoría, lo que a mi juicio habría sido fatal para el efecto cómico que por otra parte podría producir. Hay un personaje que se le parece extrañamente en la novela de Wilkie Collins, Sin Nombre: al converger por dos caminos diferentes, conseguimos de algún modo el mismo ideal, y Mrs. Wragg y la Reina Blanca podrían ser hermanas gemelas.


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