Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —Sostenedle la cabeza… Ahora dadle coñac… Sin que se atragante… Eh, chico, ¿cómo ha sido? ¿Qué te ha ocurrido? ¡Cuéntanoslo!
Por fin llegó una vocecita débil y chillona («Es la de Bill», pensó Alicia).
—Bueno, casi ni me enteré… No más…, gracias; ya estoy mejor… Pero demasiado aturdido para contároslo… Lo único que sé es que algo, como movido por un resorte, me impulsó ¡y salà disparado como un cohete!
—Asà fue ¡realmente! —dijeron los otros.
—¡Hay que prender fuego a la casa! —dijo la voz del Conejo, y Alicia gritó con todas sus fuerzas:
—Si lo hacéis ¡os soltaré a Dina!
Se hizo al instante un silencio mortal y Alicia pensó: «¿Qué irán a hacer ahora? Si fueran un poquitÃn sensatos, quitarÃan el tejado». Al cabo de uno o dos minutos, empezaron a moverse nuevamente, y Alicia oyó que el Conejo decÃa:
—Bastará con una carretilla, para empezar.
«Una carretilla ¿de qué?», pensó Alicia. Pero sus dudas se aclararon pronto, porque al poco una lluvia de piedrecitas sacudió la ventana, y algunas le dieron en la cara. «Voy a poner punto final a todo esto», se dijo, y gritó:
—¡Mejor será que no se repita! —lo cual produjo un nuevo silencio.