Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —¡Y justo cuando elijo el árbol más alto del bosque —continuó la Paloma, levantando la voz en un chillido—, y justo cuando me creÃa por fin libre de ellas, tienen que empezar a bajar culebreando desde el cielo! ¡Qué asco de serpientes!
—Pero le digo que yo no soy una serpiente. Yo soy una… Yo soy una..
—Bueno, qué eres, pues? —dijo la Paloma—. ¡Veamos qué demonios inventas ahora!
—Soy… soy una niñita —dijo Alicia, llena de dudas, pues tenÃa muy presentes todos los cambios que habÃa sufrido a lo largo del dÃa.
—¡A otro con este cuento! —respondió la Paloma, en tono del más profundo desprecio—. He visto montones de niñitas a lo largo de mi vida, ¡pero ninguna que tuviera un cuello como el tuyo! ¡No, no! Eres una serpiente, y de nada sirve negarlo. ¡Supongo que ahora me dirás que en tu vida te has zampado un huevo!
—Bueno, huevos si he comido —reconoció Alicia, que siempre decÃa la verdad—. Pero es que las niñas también comen huevos, igual que las serpientes, sabe.
—No lo creo —dijo la Paloma—, pero, si es verdad que comen huevos, entonces no son más que una variedad de serpientes, y eso es todo.
Era una idea tan nueva para Alicia, que quedó muda durante uno o dos minutos, lo que dio oportunidad a la Paloma de añadir: