Alicia en el País de las Maravillas
Alicia en el País de las Maravillas Alicia advirtió, con no poca sorpresa, que todas las piedras se volvían pastelillos conforme iban cayendo al suelo, y se le ocurrió una brillante idea: «Si como uno de estos pastelillos, seguro que se produce en mí algún cambio de tamaño; y como no puedo crecer más, me hará decrecer, supongo».
Así que se tragó uno de los pastelillos y vio con regocijo que enseguida empezaba a encogerse. Apenas se achicó lo suficiente para pasar por la puerta, salió corriendo de la casa y se encontró con una multitud de animalitos y aves que la aguardaban afuera. Bill, la pobre lagartija, estaba en el centro, sostenido por dos conejillos de Indias, que le hacían beber de una botella. Todos se abalanzaron sobre Alicia en el instante en que apareció, pero ella corrió con todas sus fuerzas y así se encontró pronto a salvo en un tupido bosque.
«Lo primero que he de hacer —se dijo Alicia mientras erraba por el bosque— es crecer hasta recobrar mi tamaño normal; y lo segundo es encontrar el camino hacia aquel bello jardín. Creo que este será el mejor plan.»
Sin duda sonaba excelente el plan: sencillo y claro. La única dificultad estribaba en que no tenía ni remota idea de cómo realizarlo; y mientras escudriñaba con ansiedad por entre los árboles, un pequeño ladrido que sonó justo encima de su cabeza la obligó a levantar precipitadamente la mirada.
Un enorme cachorro de ojazos redondos la miraba y, extendiendo con delicadeza una pata, intentaba tocarla.