Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas A Alicia no le gustó nada el tono con que lo dijo y pensó que serÃa mejor cambiar de tema. Mientras trataba de elegir otro más adecuado, la Cocinera retiró del fuego el caldero de sopa y se puso enseguida a arrojar contra la Duquesa y el niño todo lo que tenÃa a su alcance: primero los atizadores; luego siguió una lluvia de ollas, fuentes y platos. La Duquesa no se inmutaba, ni siquiera cuando le alcanzaban algunos de estos proyectiles, y el niño seguÃa aullando tanto que era imposible decidir si le hacÃan daño o no.
—¡Ay, por favor, fÃjese en lo que hace! —exclamó Alicia, saltando de un lado a otro, presa de pavor—. ¡Ay de su preciosa nariz! —gritó al ver volar una cacerola descomunal tan cerca de la nariz del niño que por poco se la arranca de cuajo.
—Si cada cual se ocupara de sus propios asuntos —dijo la Duquesa, dando un ronco gruñido—, el mundo girarÃa mucho más deprisa de lo que va.
—Lo cual no serÃa una ventaja —dijo Alicia, muy contenta de poder lucir un poquitÃn sus conocimientos—. ¡Piense en el lÃo que eso iba a crear con el dÃa y la noche! Usted sabe que la Tierra tarda veinticuatro horas en dar la vuelta alrededor de su eje…
—Pues hablando de ejecución —cortó la Duquesa—, ¡que le corten la cabeza!