Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas HabÃa sin duda demasiada pimienta en el aire. Incluso la Duquesa estornudaba de vez en cuando; y en cuanto al niño, estornudaba y aullaba alternativamente, sin pausa alguna. Las dos únicas criaturas que no estornudaban en la cocina eran la Cocinera y un gran gato, sentado junto al hogar, que sonreÃa de oreja a oreja.
—Por favor —dijo Alicia con cierta timidez, no muy segura de que fuera correcto hablar ella primero—, ¿podrÃa decirme por qué sonrÃe asà su gato?
—Es un gato de Cheshire —dijo la Duquesa—, y ese es el porqué. ¡Cerdo!
Subrayó el apelativo con tan súbita violencia que Alicia pegó un salto, pero enseguida se dio cuenta de que iba dirigido al niño, y no a ella; asà que cobró ánimos y continuó:
—No sabÃa que los gatos de Cheshire fueran tan sonrientes; en realidad, no sabÃa ni que pudieran sonreÃr.
—Todos pueden —dijo la Duquesa—, y en su mayorÃa lo practican.
—No sé de ninguno que lo haga —dijo Alicia muy cortésmente y no poco feliz de haber entrado en conversación.
—Hay muchas cosas que tú no sabes —concluyó la Duquesa—: la verdad sea dicha.