Alicia en el País de las Maravillas

Alicia en el País de las Maravillas

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—¡No gruñas! —dijo Alicia—. Estas no son maneras de expresarse.

El niño volvió a gruñir, y Alicia lo observó con ansiedad para ver qué le ocurría. No cabía la menor duda: su nariz era muy respingona, mucho más parecida a un hocico que a una auténtica nariz, y sus ojos se le volvían extremadamente pequeños, impropios de un bebé. Total, que a Alicia no le gustaba en absoluto el aspecto de la criatura. «Pero tal vez no fue más que un lloriqueo», pensó, y otra vez se fijó en sus ojos, por si había alguna lágrima. No, no había lágrimas.

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