Alicia en el País de las Maravillas

Alicia en el País de las Maravillas

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—Si vas a convertirte en cerdo, monada —dijo seriamente Alicia—, no voy a querer saber nada de ti. ¡Así que mucho ojo!

La pobre criatura volvió a sollozar (o a gruñir: imposible saberlo) y ambos continuaron un rato en silencio.

Justo en el momento en que Alicia empezaba a plantearse «¿Y qué voy a hacer con él cuando llegue a casa?», oyó un nuevo y tan violento gruñido que, no poco alarmada, volvió a examinarle la cara. Esta vez no había error posible: era, ni más ni menos, un cerdo, y comprendió que era absurdo seguir llevándolo en brazos.

Así pues, lo dejó en el suelo, y se sintió bastante aliviada al verlo trotar tranquilamente hacia el bosque. «De haber crecido así —se dijo— se habría vuelto un niño feísimo; como cerdo, en cambio, creo que es bastante guapo.» Y se puso a pensar en otros niños que conocía y que, como cerdos, no estarían nada mal, «eso en caso de dar con el método exacto para su transformación». Y se interrumpió con cierto sobresalto al ver al gato de Cheshire, subido a la rama de un árbol, a pocos metros de distancia.

El Gato vio a Alicia y se puso a sonreír. «Parece risueño», pensó; pero tenía las uñas muy largas y muchos dientes grandes, así que decidió que era mejor tratarlo con el debido respeto.


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