Alicia en el País de las Maravillas

Alicia en el País de las Maravillas

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—¿Qué dijiste, «cerdo» o «lerdo»? —inquirió el Gato.

—Dije «cerdo» —repuso Alicia—; ¡y a ver si dejas de aparecer y desaparecer tan bruscamente! ¡Mareas a cualquiera!

—Muy bien —dijo el Gato; y esta vez se esfumó muy lentamente, empezando por la punta de la cola y concluyendo por la sonrisa, que se demoró un rato cuando ya había desaparecido el resto.

«¡Bueno! He visto a menudo a un gato sin sonrisa —pensó Alicia—, ¡pero no una sonrisa sin gato! ¡Es la cosa más curiosa que he visto en mi vida!»

No tardó mucho en divisar la casa de la Liebre de Marzo: dedujo que lo era porque las chimeneas tenían forma de orejas y el tejado estaba cubierto de piel. Era tan grande que decidió, antes de acercarse, mordisquear otro poco del trocito de seta que tenía en la mano izquierda, y creció así hasta unos sesenta centímetros de altura. Aun entonces, se aproximó más bien con tiento a la casa, diciéndose: «¡Supongamos que está loca de atar! ¿No habría sido preferible ir a ver al Sombrerero?».


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