Fantasmagoría
Fantasmagoría —añadió bostezando—,
tomaré un poco); luego un meniñero,
seguido de un fantasma: servidor,
y un duende zapatero.

Un día a unos espectros vi llegar
de visita (de blanco,
como siempre); salí a verlos entrar.
Quedé absorto mirándolos: ¡su aspecto
era tan singular!
¿De dónde habría salido aquella gente,
toda cabeza y sábanas?
Mi madre me riñó severamente:
“Un fantasma cortés a un invitado
no mira fijamente”.
A menudo lamento haber nacido
fantasma en vez de espectro
—suspiró—. Eso carece de sentido.
Son nuestra aristocracia, y su desprecio
tenemos asumido.
Pronto empecé mi vida fantasmal.
Cuando cumplí seis años
me fui con otro trasgo más cabal,
y me lo pasé en grande y aprendí
de trucos un costal.
He perpetrado mi espectral faena