Silvia y Bruno
Silvia y Bruno Tiró la pala y empezó a bailar de manera desenfrenada, chasqueando los dedos, y repitiendo, una y otra vez:
¡No dejaría migaja!
¡No dejaría migaja!

El barón pareció de nuevo ligeramente ofendido, pero el vicerrector se apresuró a explicar que la canción no se refería a él, y que, de hecho, no tenía ningún sentido.
—No ha querido decir nada con ella, ¿verdad que no? —Se dirigía al jardinero, que había terminado su canción y permanecía en equilibrio a la pata coja, mirándolos con la boca abierta.
—Nunca quiero decir nada —contestó el jardinero, y en aquel momento apareció por suerte Uggug, y le dio un nuevo giro a la conversación.