Silvia y Bruno

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—¡Me temo que es culpa mía! Olvidé por completo cerrar la puerta. ¡Si lo descubre, arruinará el complot! Sigue con la farsa uno o dos minutos más. ¡Muéstrate fiero! —Entonces, mientras aparentaba estar tirando de él con todas sus fuerzas, dejó que «el animal» avanzara hada el asustado muchacho; milady, con un aplomo admirable, siguió gruñendo de un modo que ella creía sin duda daba impresión de ferocidad, aunque en realidad se parecía más al ronroneo de un gato, y Uggug salió huyendo de la habitación tan deprisa que tropezó con la alfombra, y se le oyó caer fuera con pesadez; un accidente al que ni siquiera su madre amantísima prestó atención, en el calor del momento.

El vicerrector cerró la puerta con cerrojo.

—¡Basta de disfraces! —jadeó—. No hay un instante que perder. Está claro que traerá al profesor, y a él, sabes, ¡no podremos engañarlo! —Un minuto después los disfraces se hallaban escondidos en el armario, la puerta abierta y los dos conspiradores sentados amorosamente uno al lado del otro en el sofá, hablando con aire muy serio sobre un libro que el vicerrector había cogido a toda prisa de la mesa, y que resultó ser el callejero de la capital de Exotilandia.

La puerta se abrió, de manera muy lenta y cautelosa, y el profesor atisbó el interior de la habitación, mientras la estúpida cara de Uggug asomaba justo a su espalda.


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