Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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—¡Recuerda eso! —le susurró Silvia a Bruno—. Es una regla muy buena para las veces en que te haces daño.

—¡Y también para cuando hago duido! —contestó el descarado jovenzuelo—. ¡Así que decuéddelo usted también, señorita!

—¿A qué te refieres? —dijo Silvia, tratando de poner cara de reproche, algo que nunca se le daba demasiado bien.

—¿No me has dicho veces y veces —explicó Bruno—: «¡No tiene que habed tanto duido, Bduno!»?, y yo te he dicho: «¡Sí que tiene!». ¡No hay ninguna degla que diga que no tiene! ¡Pero tú nunca me cdees!

—¡Como si alguien pudiera creerte, pillastre, más que pillastre! —le soltó Silvia. Sus palabras fueron bastante severas, pero soy de la opinión de que, cuando uno desea realmente despertar en el criminal una conciencia de su culpabilidad, no debería pronunciar la frase con los labios muy cerca de su mejilla, dado que concluirla con un beso, por muy accidental que sea, debilita terriblemente el efecto.


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