Silvia y Bruno
Silvia y Bruno Me irrita, pero bueno, ¡da igual!
¡NO TE APLICARÉ INTERÉS NINGUNO!»
«¡Cuánta bondad! —gritó el pobre Pedro—.
Empero ¡deberé mi alfiler
de corbata, mi piano, mi cerdo
e incluso mi peluca vender!».
Al poco todo aquello echó alas,
y, con cada vuelo, diariamente,
él se veÃa (y suspiraba)
en situación menos conveniente.
Pasaron semanas, meses, años:
Pedro quedó hecho un saco de huesos.
Y una vez hasta rogó, llorando:
«¿Te acuerdas, Pablo, de aquel dinero…?».
El cual contestó: «¡Te prestaré,
cuando pueda, todos mis ahorros!
¡Ah, Pedro, qué dicha obra en tu haber!
¡Decir que te envidio es decir poco!
»Estoy engordando, como ves,
y mi salud no es del todo buena.
Ya no siento el júbilo de ayer
al oÃr la llamada a la cena.
Pero tu figura es leve y fina,
y retozas igual que un muchacho:
¡el rancho es una diaria alegrÃa
para apetitos asÃ, tan sanos!».
