Silvia y Bruno
Silvia y Bruno «De veras que sé —Pedro repuso—
en qué feliz estado me veo.
Mas podrÃa prescindir con gusto
de parte de esos lujos que tengo.
Lo que tú llamas sano apetito
supone del hambre mordedura.
Y, cuando no hay qué llevarse al pico,
¡el toque a fagina es cruel tortura!
»Ni un espantapájaros querrÃa este
abrigo, o botas asÃ.
¡Ah, Pablo, cinco mÃseras libras
harÃan otro hombre de mÃ!».
«Pedrito, me llena de sorpresa
escucharte hablar en ese tono.
¡Temo que no eres consciente apenas
de tus muchos motivos de gozo!
»No corres riesgo de criar manteca;
resultas pintoresco en harapos; te
salvas de sufrir las jaquecas
que el dinero trae bajo el brazo.
Y tienes tiempo de cultivar
el contento, virtud muy decente,
en pro de lo cual tu estado actual
¡te será de lo más conveniente!».
«Aunque penetrar —contestó Pedro— tus hondos pensamientos no pueda,
no obstante, en tu carácter encuentro