Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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—Entonces tardaría mucho más en sentirlo, naturalmente. De hecho, dudo que el hombre llegara a hacerlo jamás. Quizá sus nietos sí.

—No me gustaría sed nieto de un abuelo al que habieran pellizcado, ¿y usted, hombde señod? —susurró Bruno—. ¡Podería llegadle justo cuando quisiera estad contento!

Admití que aquello resultaría incómodo, tomando como algo completamente normal que de pronto le fuese posible verme.

—¿Pero es que acaso no quieres estar siempre contento, Bruno?

—No siempde —dijo Bruno con aire pensativo—. A veces, cuando estoy demasiado contento, quiero estad un poquito tdiste. Entonces se lo cuento a Silvia, ¿sabe?, y ella me pone algunas leciones. Y todo se aregla.

—Siento que no te gusten las lecciones —dije yo—. Deberías hacer como Silvia. ¡Ella siempre está ocupada a lo largo del día!

—¡Yo también! —señaló Bruno.

—¡No, no! —lo corrigió Silvia—. ¡Tú estás ocupado a lo corto del día!

—¿Y cuál es la diferencia? —preguntó Bruno—. Hombde señod, ¿no es el día tan codto como ladgo? Quiero decid, ¿no dura siempde lo mismo?


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