Silvia y Bruno
Silvia y Bruno Dado que nunca habÃa considerado la cuestión desde ese punto de vista, sugerà que lo mejor era que le preguntaran al profesor, y al instante salieron corriendo para solicitar la ayuda de su anciano amigo. El profesor paró de limpiar sus anteojos para pensar sobre aquello.
—Queridos mÃos —respondió tras unos momentos—, el dÃa es igual de largo que cualquier cosa que dure lo mismo que él. —Y regresó a su interminable tarea de limpieza.
Los niños volvieron, con paso lento y cavilante, para comunicar su respuesta.
—¿A que es sabio? —preguntó Silvia en un reverente susurro—. Si yo fuera asà de sabia, me dolerÃa la cabeza el dÃa entero, ¡estoy segura!
—Parecéis estar hablando con alguien… que no está ahà —observó el profesor, girándose hacia los niños—. ¿Quién es?
Bruno puso cara de extrañeza.
—¡Yo nunca hablo con nadie cuando no está aquÃ! —respondió—. No es de buena educación. ¡Uno deberÃa siempde esperad a que llegue antes de hablad con él!
El profesor miró con inquietud en mi dirección, y dio la impresión de estar atravesándome una y otra vez con la mirada sin verme.