Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —¿Asà que llegasteis a Babilonia alumbrándoos sólo con velas, después de todo?
—SÃ, ¡y hasta volvimos! —profirió Bruno.
Lady Muriel miró a uno y a otro con cara atónita.
—¿Qué? ¿Los conoces, Eric? —exclamó—. ¡Este misterio crece cada dÃa más!
—Entonces debemos andar por el tercer acto —observó Eric—. No esperarás que el misterio se resuelva antes de que llegue el quinto, ¿no?
—¡Pero es una obra tan larga! —fue la lastimera respuesta de ella—. ¡A estas alturas debemos de estar ya en el quinto acto!
—Nos encontramos en el tercero, te lo aseguro —insistió el joven soldado de forma inmisericorde—. Escenario: un andén del ferrocarril. Se apagan las luces. Entra el prÃncipe (disfrazado, por supuesto) y su fiel criado. Este es el prÃncipe… —dijo cogiendo la mano de Bruno—. ¡Y aquà está su humilde sirviente! ¿Qué es lo que ordena a continuación su alteza real? —Y dedicó una reverencia de aires profundamente cortesanos a su desconcertado amiguito.
—¡Tú no eres un sidviente! —exclamó Bruno desdeñoso—. ¡Eres un cabellero!