Silvia y Bruno
Silvia y Bruno Sà que lo estaban; esperaban (-nos, al parecer) en unas escaleras que permitÃan salvar una cerca, lo cual no podÃan haber hecho más que escasos momentos antes, pues lady Muriel y su primo habÃan pasado por delante de ella sin verlos. Al percatarse de que venÃamos, Bruno se acercó corriendo a recibirnos y a enseñarnos, con mucho orgullo, el mango de una navaja —cuya hoja se encontraba rota que habÃa encontrado en el camino.
—¿Y para qué la usarás, Bruno? —pregunté.
—No lo sé —respondió Bruno con despreocupación—; tengo que pensadlo.
—La visión que alberga inicialmente un niño de la vida —comentó el earl, con esa encantadora y triste sonrisa tan suya es que es un periodo que ha de dedicarse a la acumulación de posesiones que puedan llevar encima. Esa visión se modifica con los años. —Y le tendió la mano a Silvia, la cual se habÃa colocado a mi lado, con aspecto de sentirse un poco intimidada por el earl.
Pero el amable anciano no era alguien con quien un niño, ya fuera humano o feérico, pudiera estar cohibido durante mucho tiempo, y al poco ella ya habÃa cambiado mi mano por la suya, permaneciendo únicamente Bruno fiel a su primer amigo. Alcanzamos a la otra pareja justo cuando llegaba a la estación, y tanto lady Muriel como Eric saludaron a los niños como si los conocieran de toda la vida, este último diciendo: